Curso Bíblico • Iglesia Adventista
Texto clave: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).
Obtener el perdón es como arreglar una cuenta pendiente. El pecador no tiene con qué pagar la deuda; pero Jesús la pagó por él en la cruz del Calvario y ofrece los méritos de su sacrificio al que desee aceptarlos.
El arrepentimiento verdadero comprende dolor sincero y profundo por haber pecado: «Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Corintios 7:10). El arrepentimiento es indispensable para obtener el perdón: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:37-38).
Los pecados deben ser declarados a Dios, porque él puede perdonarlos. No puede haber perdón a menos que haya sincera y completa confesión: «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13).
Elena G. de White: "La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe ser de corazón y voluntaria. No debe ser arrancada al pecador. No debe hacerse de un modo ligero y descuidado. La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y reconoce pecados particulares... La confesión no es aceptable para Dios si no va acompañada por un arrepentimiento sincero y una reforma. Debe haber cambios decididos en la vida; todo lo que ofenda a Dios debe dejarse. Tal será el resultado de una verdadera tristeza por el pecado" (El Camino a Cristo, págs. 38, 39).
Como resultado directo del arrepentimiento y la confesión se produce un cambio radical en el carácter del pecador. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
Elena G. de White: "Los que llegan a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús producen los frutos de su espíritu. 'Amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza'. Ya no se conforman con las concupiscencias anteriores, sino por la fe siguen las pisadas del Hijo de Dios, reflejan su carácter y se purifican a sí mismos como él es puro. Aman ahora las cosas que en un tiempo aborrecían y aborrecen las cosas que en otro tiempo amaban. El que era orgulloso y dominador es ahora manso y humilde de corazón. El que era vano y altanero es ahora serio y discreto. El que antes era borracho, es ahora sobrio; y el que era libertino, puro" (El Camino a Cristo, págs. 58, 59).
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo... Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos... Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira» (Romanos 5:1, 6, 8, 9).
Billy Graham: "El perdón de Dios va mucho más allá del perdón del pecado. Dios no sólo perdona, sino que justifica. Esto significa que el hombre está realmente sin culpa delante de Dios" (El mundo en llamas, pág. 167).
Después de la justificación, con la ayuda de Dios, hay que mantenerse sin caída: «Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría» (Judas 24). No debe haber pecados voluntarios: «Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados» (Hebreos 10:26). El secreto de la santificación es crecer en el conocimiento de Dios: «para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios» (Colosenses 1:10). La única forma de obtener esa experiencia de progreso continuo es estar íntimamente ligado con Jesús y confiar en su poder: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20); «Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37).
Elena G. de White: "Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo. Sólo estando en comunión con él diariamente y permaneciendo en él cada hora, es como hemos de crecer en la gracia. Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo" (El camino a Cristo, págs. 69, 70).
El niño indio: Un niño indio oró: "Querido Jesús, hazme como tú eras cuando tenías seis años como tengo yo". Este es el secreto de la santificación.
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
Elena G. de White: “La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe ser de corazón y voluntaria. No debe ser arrancada al pecador. No debe hacerse de un modo ligero y descuidado. La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y reconoce pecados particulares... La confesión no es aceptable para Dios si no va acompañada por un arrepentimiento sincero y una reforma.” — El Camino a Cristo, págs. 38, 39.
Para meditar: El niño indio oraba: "Hazme como tú eras cuando tenías seis años". Eso es santificación: no ser perfectos de inmediato, sino crecer cada día a la imagen de Cristo. ¿Estoy dispuesto a comenzar cada mañana consagrándome a Dios y pidiéndole que me haga más como Él, paso a paso, día a día?