Curso Bíblico • Iglesia Adventista
Texto clave: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19).
La palabra bautismo viene de un vocablo griego que significa "hundir", "sumergir". El bautismo es símbolo de la muerte a una vida de incredulidad, y del nacimiento a una nueva experiencia en Cristo. Es un recordatorio de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo: «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.» (Romanos 6:3-4).
Nuestro Señor Jesús, aunque no necesitaba bautizarse, lo hizo para dejarnos un ejemplo: «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.» (Juan 13:15). Somos bautizados en el nombre de la Santísima Trinidad (Mateo 28:19).
Es una sepultura simbólica: «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.» (Romanos 6:4).
Todo aquel que cumpla las condiciones requeridas. Entre esas condiciones se destacan:
Aplicando estas condiciones, es claro que no puede ser bautizado un niño pequeño. Pero puede hacerlo un menor que comprenda la doctrina.
Si hemos sido bautizados sin nuestro consentimiento, sin una comprensión cabal de toda la verdad, en una forma indebida, o bien si nos hemos apartado de la verdad, la Biblia autoriza efectuar un nuevo bautismo: «Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.» (Hechos 19:1-5).
De acuerdo con el significado de la palabra, con la costumbre de Jesús y los apóstoles, y con su simbolismo, el bautismo debe ser por inmersión, es decir, cubriendo enteramente a la persona con agua.
Cardenal James Gibbons (La fe de nuestros padres, pág. 256): "Por algunos siglos, después del establecimiento del cristianismo, el bautismo fue conferido ordinariamente por inmersión; pero desde el siglo XII ha prevalecido en la Iglesia Católica la práctica de bautizar por infusión."
Mons. Juan Straubinger (Nuevo Testamento, pág. 614): "Se refiere al bautismo de los primeros cristianos, los cuales se bautizaban sumergiéndose completamente en el agua. Así como Cristo fue sepultado en la muerte, nosotros somos sepultados en el agua del bautismo."
Cuando este rito se efectúa con sinceridad, es un testimonio público de la renuncia a la vida pecaminosa pasada y del nacimiento a una nueva vida en Cristo.
En la tumba líquida ha quedado sepultada la vida pasada. Ahora comienza una nueva vida: «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.» (Romanos 6:4). En adelante, la forma de vivir debe cambiar completamente: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.» (Efesios 4:22-24). Normalmente no debería haber más pecado: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.» (1 Juan 3:9). Ahora hay que cuidarse del mal, confiar en Dios y el maligno no lo tocará: «Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no peca; sino que el que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca.» (1 Juan 5:18).
Comienza la gran obra de la santificación: «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.» (Romanos 6:22). Esta consiste en un perfeccionamiento constante de nuestro carácter. Dicha tarea dura toda la vida. No debe haber estancamientos ni retrocesos: «Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.» (Proverbios 4:18).
Habrá una lucha constante con el "viejo hombre", a quien debemos "crucificar", y permitir que Cristo viva en nosotros: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.» (Gálatas 2:20). No debemos desmayar jamás, sino perseverar hasta el fin: «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.» (Mateo 24:13).
El padre que olvidó lo más importante: Un padre dijo que tenía amor sin límite por su hijo. Le dio todo lo que pudo; trabajaba arduamente para que nada le faltara, incluso una educación universitaria. Pero olvidó lo más importante: nunca habló a su hijo de Dios, ni lo invitó a seguir a Cristo. Ahora el hijo es un adulto incrédulo. El padre llora porque ha perdido a su hijo para la eternidad. Lo primero y más importante es llevar a los niños al conocimiento de Jesús.
El cuadro sin picaporte: Cierto pintor se inspiró en Apocalipsis 3:20 que dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo." Su cuadro resultó muy hermoso, pero un crítico dijo que había olvidado pintar el picaporte para abrir la puerta. El pintor dijo: "Cristo sólo llama, la puerta tiene que ser abierta por dentro". Cristo nos llama a todos. Es nuestro privilegio abrir de par en par las puertas de nuestra vida.
«Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo» (Romanos 6:4).
Elena G. de White: “El bautismo es una sepultura con Cristo en la muerte, y una resurrección con él a una nueva vida. Es la consagración pública de la vida a Dios. El que es bautizado se identifica con Cristo como su Salvador. Es una señal de que ha muerto al pecado y ha resucitado para andar en novedad de vida. El bautismo es el primer paso en la vida cristiana, y debe ser seguido por una vida de obediencia y servicio.” — Los Hechos de los Apóstoles, capítulo 9.
Para meditar: El cuadro del pintor nos recuerda que Cristo llama a la puerta de nuestro corazón, pero el picaporte está del lado de adentro. Él no fuerza la entrada; espera nuestra respuesta voluntaria. El bautismo es esa respuesta: abrir la puerta de nuestra vida a Cristo, sepultar el pasado y comenzar una nueva vida en Él. ¿He abierto ya la puerta de mi corazón a Jesús? ¿Estoy viviendo la nueva vida que comienza con el bautismo?