Curso Bíblico • Iglesia Adventista
Texto clave: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).
Al entregarnos al Señor y unirnos con su Iglesia, comienza una nueva vida. Ha habido cambios en nuestra conducta, carácter e ideales. Antes, nuestro primer interés eran las cosas materiales; ahora vivimos en la forma indicada por Jesús. Tenemos delante el elevado blanco de ser santos: «sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» (1 Pedro 1:15-16), porque tal es la voluntad de Dios para nuestra vida: «pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios.» (1 Tesalonicenses 4:3-5).
La nueva vida se manifiesta en todos los aspectos de nuestra existencia. La santidad no es opcional, sino el llamado de Dios para cada uno de sus hijos.
La vida cristiana no se ejerce solamente en la Iglesia, sino en todo lugar y en todo momento. Es una aventura emocionante vivir como Cristo.
La vida espiritual es privada y pública; esta última se desarrolla en torno a las actividades de la iglesia, las que han sido planeadas para beneficiar, alimentar, animar y perfeccionar a los fieles.
El dirigente encargado del bienestar espiritual de los miembros es el Pastor o el Anciano. El pastor es nombrado por la misión o asociación, y por lo general está al frente de la iglesia de dos a cinco años. Todos los asuntos de la iglesia son decididos por la Junta de la Iglesia.
La iglesia es sostenida por los miembros, quienes voluntariamente dan los diezmos que pertenecen a Dios, y las ofrendas que sirven para sostener las diversas actividades de la iglesia en el mundo y en el ámbito local. Uno de los grandes privilegios de ser cristiano es dar generosamente para la obra de Dios.
Cada miembro de la iglesia es llamado a colaborar en la sagrada y emocionante tarea de dar a conocer a otros el mensaje de salvación. Dios ha dado a cada persona dones que puede usar en la ganancia de otras almas. Unos pueden predicar, otros estudiar la Biblia, otros repartir publicaciones e invitar a sus amigos a las reuniones. Entre las alegrías más profundas de la vida está el llevar a otros a los pies de Jesús.
La Iglesia Adventista se ha extendido por todo el mundo. Está perfectamente organizada para cumplir el cometido encargado por Jesús: predicar el Evangelio: «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.» (Mateo 24:14); «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mateo 28:19).
Los miembros de la iglesia se llaman entre sí hermanos: «Pero vosotros no queráis ser llamados Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.» (Mateo 23:8). Unidos por la misma fe y la misma esperanza, se ayudan mutuamente y se aman con amor filial: «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.» (1 Pedro 1:22).
La iglesia que ahora trabaja y milita alcanzará un glorioso triunfo. Será cuando Cristo venga por segunda vez. La iglesia no estará libre de problemas, zozobras, peligros y aún despiadada persecución, pero el Señor la cuidará y preservará hasta el fin: «enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mateo 28:20). Todos los que se mantengan fieles a Dios y a su iglesia, triunfarán con ella.
El árbol plantado junto a corrientes de agua: «Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará» (Salmo 1:3). Así es la vida del cristiano que se nutre diariamente de la Palabra de Dios y mantiene una comunión constante con Él. No importa la sequía o las tormentas, sus raíces están firmes en el amor de Dios y produce fruto en abundancia.
«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).
Elena G. de White: “La vida cristiana es una vida de fe, de amor y de servicio. El que ha entregado su vida a Cristo, vive para hacer la voluntad de Dios. Su mayor gozo es ser útil a los demás. La religión de Cristo no es una religión de egoísmo, sino de entrega. El cristiano refleja el carácter de Cristo en su hogar, en su trabajo y en la sociedad. Así como un árbol plantado junto a las aguas da fruto en su tiempo, el cristiano que está arraigado en Cristo produce el fruto del Espíritu.” — El Deseado de Todas las Gentes, capítulo 70.
Para meditar: El árbol plantado junto a las corrientes de agua da fruto en su tiempo. No se esfuerza por dar fruto, simplemente está tan cerca de la fuente de vida que el fruto es el resultado natural. Así es la vida cristiana: cuando permanecemos en Cristo, el fruto del Espíritu (amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza) se manifiesta sin esfuerzo. ¿Estoy permaneciendo en la fuente de vida? ¿Mi vida está produciendo el fruto del Espíritu?